España, “Tierra de Conejos”: de la leporaria romana a la cunicultura industrial del siglo XX

Los primeros indicios de domesticación del conejo tuvieron lugar en los conventos

Algunos historiadores señalan como patria del conejo la Europa del Sur, otros la colocan en África pero la mayoría de autores coinciden en que el origen del conejo tuvo lugar en la Península Ibérica.

Los fenicios al llegar a la Península Ibérica llamaron a nuestro país Sphania, derivado del griego Sphan que significa conejo. A lo largo de los siglos el nombre de nuestro país ha evolucionado de la “Sphania” de los fenicios, a la Hispania de los romanos y hasta la España actual significando “país de conejos”.

Las primeras citas que se mencionan del conejo y su explotación datan de la época romana. Cátulo y Plinio le describen como un animal importado a España. Los leporaria o conejeras de la época romana, atestiguan que al conejo ya se le proporcionaban medios de abrigo y de enjaulamiento.

En el año 50 antes de nuestra era, Catulo llamó a la Península Ibérica cuniculosa por la gran abundancia de conejos que en ella existían. Además, examinando ciertas monedas romanas, durante el reinado de Adriano se observa que en esa época a España se le representaba en forma de una matrona que tiene a sus pies un conejo.

De España al resto de Europa

Desde Baleares el conejo pasó a Italia, y de aquí, a Europa Central y del Norte

Plinio afirma en sus escritos que los conejos partieron por una mina desde Tarragona y fueron a asentarse a Mallorca y Menoca, así como el resto de las islas, y, aún hoy, subsiste el nombre de “conejera” con el que se conoce una de las pequeñas islas del archipiélago balear. Desde Baleares el conejo pasó a Italia, y de aquí, con los dominadores, recorrieron todo el Mediterráneo como puerta de su entrada en la Europa Central y del Norte.

Además, este historiador cuenta que los habitantes de estas islas se vieron en la necesidad de sustraerse a su voracidad ya que los conejos echaban a perder las cosechas, minaban los terrenos y las casas para practicar sus madrigueras. La prodigiosa fecundidad de los conejos fue considerada como un azote. Para librarse de estos animales, pidieron a los romanos un auxilio de tropas que fue enviado de África con hurones.

 

La fecundidad del conejo

Se dejó notar en Australia y Nueva Zelanda a mediados del siglo XIX

También fue España el vehículo de introducción del conejo en Inglaterra. Brehn dice que en 1309, el conejo fue introducido en este país por los aficionados al deporte de la caza. En cuanto a Francia, los antiguos historiadores llaman al conejo “connill” o “connin”, denominación que recuerda el catalán “conill”, prueba de que animal y nombre pasaron a Francia a través de Cataluña. Holanda, Dinamarca e Irlanda han podido hacer posible el aprovechamiento de sus dunas y obtener de ellas beneficios económicos, gracias a la sobriedad del conejo, que puede vivir en los terrenos más estériles. Más modernamente, Australia, en el año 1850 conoció la fecundidad del conejo, ya que habiendo introducido tan sólo tres parejas en Nueva Gales del Sur, en tres años de completa libertad calcularon la población cunícola en la cifra de 13.000.000. En Nueva Zelanda se introduce en 1870.

Indicios de domesticación

A partir de 1830 se comenzó a crear una industria para la explotación del conejo

Los primeros indicios de domesticación tuvieron lugar en los conventos, donde la carne de toda clase de caza era considerada como un alimento poco nutritivo. El conejo se dejó fácilmente dominar por el hombre y con reposo, buen alimento y el cruzamiento de razas se crearon razas que difieren esencialmente de la raza salvaje primitiva.

No fue hasta de la revolución de 1830 cuando se comenzó a pensar seriamente en crear una industria para la explotación del conejo. En España, el campesinado de principios de siglo explota decididamente la cría del conejo, especialmente en la franja mediterránea, donde se instaura una cunicultura incipiente y tecnificada. El conejo se convierte en una carne apreciada, presente en los platos tradicionales españoles.